# 0: Sokon Matsumura

Sokon Matsumura (松村 宗棍?) fue uno de los fundadores del karate tal y como lo conocemos en la actualidad. Su fecha de nacimiento no está clara, pero se cree que nació entre los años 1797 y 1809 y murió entre 1890 y 1900 (1798–1890)

Sokon Matsumura, nació en Yamagawa Pueblo, Shuri, Okinawa. Matsumura comenzó el estudio del karate bajo la dirección de Sakukawa Kanga. Sakukawa era reacio a enseñar a Matsumura debido al carácter problemático de éste. Sin embargo, Sakukawa se había comprometido con Matsumura Sofuku, padre de Matsumura, en educar a su hijo y así lo hizo. Matsumura vivió, estudió y entrenó durante cinco años con Sakukawa. Tras estos años consigió un gran reconocimiento como experto en las artes marciales.
Matsumura fue reclutado por el servicio de la familia Sho, la familia real del Reino de Ryukyu en 1816 y recibió el título Shikudon (también denominado Chikudun Pechin), un rango de nobleza. Comenzó su carrera sirviendo al 17º rey de la segunda dinastía Shö Ryukyu, el rey Shö Kö. En 1818 se casó con Yonamine Chiru, que era también una experta en artes marciales. Matsumura llegó a ser el instructor jefe de las artes marciales y guardaespaldas del Rey Shö Kö Okinawa. Posteriormente se desempeñó en este cargo durante los dos últimos reyes de Okinawa, Shö Iku y Tai Shö. Matsumura viajó en nombre del gobierno real de Fuzhou y Satsuma. Estudió Chuan Fa en China, así como otras artes marciales y trajo lo que había aprendido de nuevo a Okinawa.
Él fue el primero en introducir los principios de la escuela de esgrima de Satsuma, Jigen-Ryü, en Ryukyu Kobujutsu (Ryukyuan artes marciales tradicionales) y se le atribuye la creación de las bases para el Bojutsu de Tsuken. Pasó al Jigen-Ryü a algunos de sus estudiantes, incluyendo Anko Asato y Chochu Itarashiki. El Tsuken Bo tradicional fue perfeccionado por Tsuken Seisoku Ueekata de Shuri.
Matsumura se acredita la transmisión del kata Shorin-Ryu Kenpo-Karate conocido como Naihanchi I y II, Passai, Seisan, Chinto, Gojushiho, Kusanku y Hakutsuru. El kata Hakutsuru contiene los elementos del sistema de la Grulla Blanca de Fujian enseñado en el sistema de Shaolin de Kempo Chino. Otro conjunto de kata, conocido como Chanan en tiempo de Matsumura, se dice que fue ideado por él mismo y fue la base para Pinan I y II. El estilo de Matsumura ha perdurado hasta nuestros días y los katas antes mencionados son el núcleo hoy del Karate Shorin-Ryu.
A Matsumura se le concedió el título de “bushi”, que significa “guerrero” por el rey de Okinawa en reconocimiento a sus habilidades y logros en las artes marciales. Descrito por Gichin Funakoshi como sensei con una presencia aterradora, Matsumura nunca fue derrotado en un duelo, a pesar de la gran cantidad de combates que libró. Alto, delgado, y con un par de ojos inquietantes, los cuales fueron descritos por su alumno Anko Itosu como rápidos y fuertemente engañosos. En cuanto a su contribución a las , ha sido el progenitor de muchos estilos contemporáneos de karate: Shorin-Ryu, Shotokan y Shito Ryu, por ejemplo. En última instancia, todos los estilos modernos del karate que evolucionaron del linaje de Shuri-te se remontan a las enseñanzas de Bushi Matsumura. Es de destacar que su nieto era el maestro moderno Tode, Tsuyoshi Chitose, que ayudó a Funakoshi Gichin en la introducción temprana y la enseñanza del Karate en Japón y que fundó el estilo Chitö-ryü.
Y ASI COMIENZA A ESCRIBIRSE LA HISTORIA:
El señor Sofuku Matsumura hacía gestiones para introducir a su hijo Sokon en el mundo del ToDe. Eligió para ello, al Maestro más reconocido en aquellos tiempos, un anciano de 78 años cuya reputación estaba fuera de toda duda.
Después de un largo viaje por los caminos polvorientos e infestados de peligros de la Okinawa feudal del siglo diecisiete, llegó por fin, después de pasar por varios controles policiales chinos, a la ciudad de Naha. No tuvo problemas para encontrar la casa del Maestro, pues todo el mundo le conocía, no solamente por su fama, sino, además por ser Magistrado.
Allí se encontraban padre e hijo delante de un venerable anciano, que más parecía un poeta que un aguerrido luchador. Las referencias que presentaba Sofuku eran buenas, de otra manera hubiera sido muy difícil ser recibido por el Maestro; él, era un celoso protector de las formalidades sociales.
“Déjame ver al muchacho”, carraspeó el Maestro mientras hacia extraños movimientos con el cuerpo.
“Sokon,” le dijo con voz firme, “empezar las Artes Marciales significa iniciar una nueva vida. Pronto te darás cuenta de que tu carácter y tu personalidad son más importantes que la habilidad o la fuerza física. ¿Crees que te podrás entregar con diligencia obedeciendo a todo lo que se te diga sin una palabra en contra?”.
La precisión de la mirada del Maestro, lo directo de su voz y el ambiente solemne hicieron sentir al joven adolescente, como si se estuviera encogiendo. Cuando acabó de hablar aquel anciano, Sokon miró a su alrededor como para ver si tenía autorización para hablar. Todos los presentes le miraban fijamente esperando no solo una contestación, sino en que forma y actitud la expresaba. Esta situación, ya se había producido anteriormente en la casa y, debido a la poca determinación en las respuestas de los candidatos, el maestro los había rechazado. El joven, inspiró lentamente, dejó salir el aire por si solo y, contestó por fin: “No le defraudaré”.
Este fue el primer paso que dio Matsumura en el camino que le llevaría hacia el dominio del Te y le colocaría al lado de los inmortales del Karate. Este momento tan significante sería la semilla que germinando en el tiempo produciría maestros como Itosu, Chinen, Tawata, Yasuzato y Arakaki, los cuales sistematizarían el karate para acabar denominándose Shuri-te y posteriormente Shorin-Ryu.
Anteriormente a estos acontecimientos, el Te no se enseñaba como lo fue desde entonces hasta nuestros días. Incluso el nombre era diferente, se llamaba kara-te o to-de que quería decir “mano de Tang”, debido a la Dinastía China que trajo tantos conocimientos en todos los terrenos a Okinawa.
Anteriormente a la “reforma” de Matsumura, los diferentes sistemas de Kara-te, recibían el nombre de los expertos que los enseñaban pero sin ninguna unidad haciendo cada uno su propia interpretación del arte. Matsumura, sin embargo, llamó a su estilo Shorin-Ryu (Shaolin en chino), traducido como “el estilo del bosque joven”.
Una vez iniciado el proceso de tutelaje bajo la dirección de Sakugawa, el futuro Bushi (samurai) Matsumura se desarrollo rápidamente como un habilidoso experto. Y sucedió, que en el invierno de 1816, se le encontraron suficientes valores como para ser reclutado en el servicio imperial como chicudon, importante título concedido directamente por el Emperador y, anterior en el rango al que recibiera años antes su propio maestro –peichin-. Esto le permitió vivir holgadamente y contraer matrimonio dos años después con Yonamine Chiru, conocida por todos como una mujer bella pero por sobre todo muy inteligente y de gran fortaleza física. Venía de una familia de renombrados practicantes de Te, siendo en el futuro una influencia y un pilar importante que contribuyó notablemente en el desarrollo social y espiritual de su marido.
Como sucede siempre, la gente comenzó a compararles, incluso se discutía acerca de quién era el mejor de los dos en las habilidades marciales. Se decía de ella un poco en broma, que era capaz de levantar un saco de arroz con la mano izquierda y barrer el polvo por debajo con la escoba en la mano derecha. “¿Quién sería el mejor luchador?”. Esta era una duda que flotaba en el ambiente de la ciudad. El espíritu apostador y la afición por los retos siempre han sido característicos del carácter propio del pueblo Okinawense.
Esas dudas fueron resueltas una noche cuando regresaba la señora Matsumura de una fiesta que se había cebrado en el barrio de Kaki-no-hana. Cuando el aguamori (nombre del sake okinawense) corrió en exceso entre los festejantes, el ambiente comenzó a ser poco a poco demasiado pesado. Entonces, Matsumura dijo a su mujer que regresara a casa, mientras él permanecía allí un rato más. Comenzaba a caer la noche cuando Yonamine inició el regreso a su casa por un atajo polvoriento y sucio que llevaba al templo medio abandonado de Sogen-Ji. De repente, un ruido entre los arbustos, la hizo sobresaltarse. Dio un salto a otro lado de la senda, mientras veía como salían de la oscuridad tres hombres suciamente vestidos y mal afeitados. La miraron maliciosamente como predadores dispuestos a saltar sobre su indefensa presa.
Ella, dándose cuenta de la situación de peligro inminente en la que se encontraba, mientras daba un paso atrás, recuperó la respiración inspirando lentamente, y se situaba en una zona donde la vegetación era más densa.
“¡Quitaros del camino, o tendré que castigaros a los tres!”, dijo ella, pretendiendo desconcertarles.
Su truco no caló entre los rufianes, que se rieron de estas palabras, e inmediatamente se colocaron a la derecha del que parecía ser el jefe del grupo. Yonamine se percató inmediatamente del liderazgo del más barbudo. Su mente instintivamente recordó que, en situaciones de agresión múltiple, siempre hay que tomar la iniciativa del ataque y dirigir éste contra el líder o el más fuerte del grupo. Esto provoca un desconcierto inicial que debe ser aprovechado con ventaja por el asaltado. “Quien da primero, da dos veces”. El paso que dio hacia atrás y a un lado también tenía una importante razón estratégica: “En la lucha contra varios atacantes hay que moverse de tal manera que el líder siempre quede entre tú y los demás”, recordó lo que le instruyó su padre.
Antes de que el barbudo diera un paso más hacia delante, Yonamine saltó sobre él como un gato. El hombre parpadeó con una expresión de miedo en sus los ojos al ver como la cara plácida y femenina de aquella mujer se transformó en un instante en una mascara de guerra con los alerones de la nariz ampliamente abiertos, los ojos como los de un demonio y la boca abierta enseñando unos amenazantes dientes.
Su grito, sonó como un extraño relámpago en una noche estrellada. Nada parecía ser lógico, pensaban los malhechores. Su desconcierto era total. Y, antes de acabar de pensar en ello, la mujer caía al suelo con una pierna, giraba sobre ella y dirigía el talón de la otra directamente a la sien del hombre más fuerte. Sin parar la acción, apoyándose en el pie de la pierna que acababa de utilizar como un martillo, proyectó otra patada lateral que con el canto del píe que dio impactó la garganta del segundo hombre que la recibió anonadado. Cayó éste sobre una pila de maderas agarrándose la garganta sin apenas poder respirar. No se habían todavía enderezado las rodillas de Yonamine cuando se abalanzó nuevamente sobre el primero dirigiendo la punta de su codo contra la nuez.
El tercer hombre, todavía intacto, se paró al instante y al comprobar la situación en la que se encontraban sus compañeros. Mostró una expresión de cara de perro asustado y cobardemente salió corriendo lleno de pánico. En solo tres pasos Yonamine alcanzó al bandido asiéndole por el cuello, le aplicó una patada en la parte posterior de una rodilla y cayó sobre él. En una posición parecida a la de un jinete montando un caballo, le tomo del pelo, y antes de que éste se protegiera con las manos, el canto de la mano derecha de la mujer cortaba el cuello del hombre como un hacha. La arteria gruesa del cuello no pudo resistir el golpe y el hombre quedó tendido sin conocimiento.
Entonces arrastró a los tres insensatos hasta colocarlos sentados, espalda con espalda, y los ató con su obi, que es el fajín ancho con el que se sujetan las ropas las mujeres. No acabó aquí su acción. Arrancó el palo que mantenía el nombre del templo y lo arrojó sobre ellos como un último acto reivindicativo y de asco. En la inscripción se leía, -” Paz en el espíritu, paz en el cuerpo, paz en las manos, paz en los caminos.” Muy apropiado…
Horas después, Matsumura volvía a casa siguiendo el mismo camino. Según se aproximaba al templo, se extrañó al oír ruidos como lamentos que provenían desde los arbustos circundantes. Curioseando a través de la oscuridad de los matorrales, se sorprendió al ver a tres hombres amarrados como si fueran ganado y uno de ellos con sangre seca pegada a la cara. Mientras los desataba, reconoció el obi de su mujer. Los liberó y sin más preguntas los dejó ir mientras observaba atónito como caminaban con dificultad mientras se perdían en la oscuridad de la noche.
Al día siguiente, durante el desayuno, Matsumura dejó caer el cinturón encima de la mesa delante de Yonamine y dijo, “Creo que esto te pertenece”.
Su mujer, envuelta en el polvo de la limpieza, recogió su obi y sin una sola palabra, continuo con su trabajo como si nada hubiera pasado. Matsumura se mantenía tranquilo pero una duda le rondaba la mente, – no podía comprender, cómo una mujer tan dulce, bella y hacendosa como la suya podría haber maltratado tan duramente a tres hombres. La educación tradicional Okinawense limitaba muchos las preguntas que un marido podía realizar a su mujer, el sentido de la ofensa y de la privacidad en aquellas épocas, eran muy respetados. A pesar de la sensación de tener gusanos en el estómago y la cara enrojecida por la duda, no se atrevió nunca a preguntar abiertamente. Estaba seguro de que ella había sido la responsable de ese suceso. Una maliciosa sonrisa, dibujada en su rostro demostraba tímidamente,- que él sentía una gran admiración por ella y por lo que había hecho, pero que no podía demostrarlo abiertamente debido a las estrictas reglas sociales. Descubrió de esta manera secreta, que Yonamine era realmente una gran experta en el mundo del Te, y que su familia había ocultado perfectamente su entrenamiento.
Efectivamente, el kara-te, como se denominaba por entonces, se practicaba secretamente en el seno de familias cerradas que guardaban sus técnicas de puertas a dentro.
Desde entonces, una duda, le acompañó durante el resto de su vida, – “¿Qué sucedería si el mismo se encontrara un día en una situación similar?”.
Ese día no tardó mucho en llegar. La familia de Yonamine estaba celebrando una fiesta familiar, cuando Matsumura comenzó a sentirse enfermo que es una forma más elegante de decir “mareado”, y se retiró a descansar. Un poco antes del anochecer, haciendo gala de ese carácter burlesco típico de los Okinawenses, se vistió como un granjero, embadurnó su cara con carbón y, salió corriendo hacia un lugar llamado Daido Matsubara por donde él sabía que su mujer tendría que pasar para ir de vuelta a casa. Quería darle un buen susto. Se escondió en una acequia y esperó a que llegara su mujer.
Al cabo de un rato, la vio descender alegremente cuesta abajo llevando en una mano un balanceante furoshiki, un hatillo en el que transportaba diferentes cosas de utilidad doméstica. Cuando creyó que estaba suficientemente cerca, saltó de repente hacia ella gritando todo lo que podía mientras agitaba los brazos como un espantapájaros. Solo tenía la intención de paralizarla dándole un buen susto.
La reacción de ella fue instantánea y espontánea. Tiró el hatillo y salto verticalmente mientras lanzaba una tremenda patada al pecho del fantasma. El sorprendido Matsumura no tuvo ninguna posibilidad de defenderse pues quedó más aturdido que ella. Ahí, no acabó la lucha. Nada más tocar el suelo, Yonamine utilizó, como dos resortes, ambos brazos, cuyos puños descargaron toda la fuerza un mismo sitio de la cabeza de Matsumura.
Cuando empezó a recuperarse del mareo y de las estrellas que había visto como consecuencia de los golpes, se percató, de que su bonita y domestica mujer, le estaba atando a un árbol con el mismo obi con el que atara a aquellos bandidos.
Matsumura no fue capaz de desatarse durante toda la noche. Ella era una experta en hacer lazos y nudos imposibles de desatar. Cuando los primeros rayos del sol calentaban el amanecer y su cuerpo aterido de frío, vio a un hombre bajar la cuesta montado al trote un caballo blanco.
Gritó Matsumura. “¡Desáteme, por favor!”.
El hombre descabalgó y quedó atónito al descubrir que se trataba de Matsumura. ¿Cómo un hombre con su reputación podría encontrarse en semejante situación?
“Comprendo,” dijo Matsumura, muy consecuente y visiblemente avergonzado, “Se estará usted preguntando, qué ha pasado. Yo mismo casi no lo sé. Dejémoslo como está, el mundo es grande y he descubierto que puede haber luchadores mucho más hábiles que yo”.
Después como un perro con el rabo entre las piernas, regresó humillado a casa. Su dulce mujer le miraba sonriente mientras escuchaba el cuento que su marido le estaba describiendo. “Esta noche me han atacado un grupo de hombres y he tenido que defenderme…” Mientras ella le servía el desayuno solo le dijo, – “Tienes que entrenar mas duramente”. Luego cayó y continuó con su sencillez habitual, después de todo el orgullo del marido quedaba en casa. En ningún momento le hizo sentirse descubierto. No quería ridiculizar más todavía a su marido.
Matsumura contó la historia a su venerado Maestro Sakugawa y, este después de reírse un buen rato, decidió darle un buen consejo.
“Mi querido alumno, ¿donde está tu punto más vulnerable?”. El punto más vulnerable para un hombre son sus testículos y para una mujer los pechos. Ellas cuando combaten ponen toda la atención de no ser golpeadas ahí. La próxima vez que te enfrentes a una experimentada mujer, amaga un golpe al pecho, ella perderá el equilibrio al intentar cubrirse, y entonces debes entrar en la lucha cuerpo a cuerpo practicando alguna técnica para proyectarla al suelo.
Matsumura, se sentía totalmente desanimado después de su derrota en las manos de su mujer. Pensaba en el consejo de su maestro y no podía dejar de pensar en ello. Aunque fuera una mujer la que le había ganado, no podía entender como su técnica se había desarrollado a medias, pues en aquellos tiempos también había ronin, samuráis vagabundos que también eran mujeres de gran peligro. Esperó hasta encontrar la oportunidad de la revancha que se produjo dos meses más tarde.
Yonbara, era el pueblo donde vivía la familia de Yonamine. Fue de visita sola, recorriendo caminando la distancia que se cubría en un día de marcha desde Shuri.
Matsumura vio ahí su oportunidad. Antes de que el sol llegara al ocaso ya estaba camuflado detrás de unos juncos que bordeaban el camino. Haciendo gala de ese carácter teatral que tanto le gustaba, esta vez decidió vestirse de pescador, se untó la cara con aceite y arena como si se tratara de un viejo lobo de mar, de esa guisa esperaba no ser reconocido. Se escondió y espero.
Al poco tiempo de ponerse el sol, su mujer llegó con marcha ágil cargando su pequeño hatillo de viaje. Sin esperar más, Matsumura se lanzó sobre ella profiriendo simultáneamente un fuerte grito. En esta ocasión, Yonamine dio un paso a tras y comenzó a describir un círculo lentamente alrededor de él, como lo haría un gato listo para saltar. Sin más, él lanzó un golpe de puño directo hacia su pecho con la intención que le había explicado su maestro, como un cebo. Efectivamente, esta acción provocó en ella una consternación que permitió que Matsumura se acercara a ella hasta hacer un cuerpo a cuerpo. Agarrándola la hizo caer al suelo. Matsumura se limitó a dejarla caer de espaldas sobre el suelo y, salió corriendo.
Yonamine quedó sola y muy desorientada pero no herida, dos ataques en tan poco tiempo era demasiado.
Matsumura llegó a casa corriendo, se lavó, se sentó en la mesa y esperó como si nada hubiera pasado mientras bebía un vasito de sake.
“Omedeto gozaimasu”, dijo ella cuando finalmente entró en la casa.
“Por qué omedeto,” preguntó Matsumura, pretendiendo no saber de qué estaba ella hablando. “¿Qué he hecho yo para merecer esa felicitación?”.
Con una expresiva sonrisa reflejada en su cara, ella dijo,-”Estoy feliz porque después de hablar con el Maestro Sakugawa, por fin has aprendido a como combatir contra una mujer experta en lucha”. Matsumura la miraba atónito. Había sido descubierto. No entendía nada. Ella debería mostrarse muy enfadada y muy ofendida por haber perdido. Después de todo cuando él fue derrotado, ¡tardó tres meses en recuperarse!, y, ¿ahora ella venía contenta habiendo sido derrotada? No entendía nada.
“Querido esposo”, comenzó a hablar ella en un tono maternalista. “Hoy has aprendido dos grandes lecciones. La primera es que en combate no hay distinciones entre hombres y mujeres. Un oponente es un oponente. En algunas ocasiones, como has comprobado, una mujer puede ser mucho más peligrosa que un hombre si esta bien entrenada. Y, la segunda, que el corazón de la mujer siempre se alegrará por la victoria de su marido aunque ella sea la que pierda. Nosotras somos luchadoras silenciosas en constante pelea contra la vida diaria. Esta vida no tiene sonoras recompensas para nosotras, pero cuando veo a mi marido feliz y orgulloso por haber tenido una victoria, entonces por unos momentos nos sentimos felices y orgullosas de haber contribuido a su felicidad. Siempre he sabido que tú eras el atacante, y me he sentido triste durante estos meses por tu anterior derrota. Ahora estoy feliz”.
Acabando de decir esto, abrazó a Matsumura y se fue a barrer el suelo levantando un saco de trigo de unos 20 kilos con una mano y barriendo por debajo con la otra…
Matsumura quedó anonadado por la profundidad y humildad de su mujer. Con cada lágrima que caía por sus mejillas sintió como un poder enorme invadía su espíritu.
El espíritu de la humildad y de la sencillez que le acompañaron durante el resto de su vida.
Las Artes Marciales tienen en si mismo, no solo el poder de la destrucción, sino la caricia de la sensibilidad. Ambos extremos como el Ying y el Yang, se complementan, uno no puede existir sin el otro y de producirse esta circunstancia, se producirá un gran desequilibrio. Las Artes Marciales por medio del entrenamiento físico y riguroso, fortalece el cuerpo hasta límites insospechados; rompimientos de piedras, combates durísimos, entrenamientos agotadores, etc., y por medio de la meditación y las conversaciones con el Sensei. La delicadeza de la filosofía penetra, poco a poco, durante el trascurso de muchos años en el espíritu del iniciado. El artista marcial tiene en su mano la posibilidad de crear vida o de causar muerte y entre esos extremos discurre su existencia. La humildad y la sencillez desarrollados durante muchos años de practica le harán comprender un día cualquiera,- ¿Por qué Dios escucha las lagrimas de las mujeres?, o, ¿Por qué en una mano un saco y en la otra una escoba? Preguntas sutiles que encuentran la adecuada respuesta solo, en el espacio silencioso de la meditación o, en el mundo profundo de la mente de una MUJER.

LEYENDAS DE MATSUMURA

LOS CUATRO DEMONIOS
Después de que Matsumura recibiera el honorable titulo de BUSHI, sucedió un acontecimiento que acrecentó todavía más la reputación misteriosa de este Experto. No solamente el bushi tenía fama de ser el más grande exponente en To De sino que, en los aspectos sicológicos, también dominó grandes y misteriosos poderes.
Sucedió, que un día Matsumura, que era un gran fumador de pipa, decidió ir a visitar al mejor grabador de la ciudad para hacer una talla simbólica en el cuenco de su mejor Kisseru (Pipa tradicional de marfil). El particular artesano era también un afamado practicante de Te muy conocido por todos en el vecindario. El hombre se consideraba como el mejor karateka de la ciudad y estaba convencido que podría enfrentarse a cualquier otro. Se llamaba Uehara y no pertenecía a ninguna escuela en especial. Hasta entonces, ésta circunstancia, había sido una gran ventaja para él, pues no tenía que dar explicaciones a ningún Sensei que le recriminara su excesiva beligerancia o petulancia.
En el siglo XVIII los retos eran tan aceptados y comunes como lo pudiera ser en la actualidad cualquier campeonato deportivo. Por aquel entonces las pasiones lúdicas se resolvían, literalmente hablando a golpes.
Uehara, tenía 40 años de edad y que mostraba con gran pavoneo y engreimiento pues se encontraba en el mejor momento de su vida. La fuerza y habilidades que dominaba, eran excepcionales. Le apodaban Karate-No-Uehara, lo cual significaba que su reputación como peleador era grande, pues en aquella época, sólo se añadía la palabra Karate delante del nombre cuando la persona había hecho suficientes meritos en la lucha. Efectivamente, hasta entonces había vencido a todos sus contrincantes en los combates que realizó durante sus frecuentes viajes que, por motivos profesionales, se veía obligado a realizar a otras comarcas de Okinawa.
Miró a Matsumura cuando entró a su tienda y permaneció durante unos momentos observando a aquel hombre que aparentaba bastante menos edad que él y que era más alto que la mayoría de los okinawenses que el había conocido hasta entonces. Matsumura medía unos 6 pies (metro 1.80 aproximadamente) y para los isleños de la época era un gigante.
“¿Tu eres Matsumura?”, preguntó el artesano sin prestar atención a la solicitud del trabajo especifico que aquel hombre más joven que él pedía.
“Si”, contestó tranquilamente Matsumura.
“Me tienes que hacer un favor primero”, continuó Uehara, sin mostrar respeto. “No te preocupes por la pipa, esta perfecta como es. Me pregunto si me darías un gran placer que llevo esperando mucho tiempo: quiero una lección de ti, Matsumura”.
El bushi ya estaba alertado del carácter del grabador antes de entrar a la tienda y no quería problemas, ¡sólo he venido a grabar mi pipa! El se excusó cortésmente declinando la proposición, pero Uehara persistió.
“¿No eres el instructor en las Artes de lucha de la guardia del rey?”, preguntó. “¿No me digas que tienes miedo de darme algunas lecciones?”
“Sí, soy en instructor de la guardia y también del rey. Y solo a ellos doy mis clases y a nadie más. Es por esta razón es que yo no puedo darte clases a ti”.
Uehara, le miró con desdén mientras pensaba que en realidad Matsumura estaba impresionado por él y este quería evitar a toda costa quedar en evidencia.
Entonces envalentonado se atrevió a decir,” Haz una excepción por esta vez, Sensei y acepta formalmente mi reto”.
Matsumura decidió en ese momento que este sujeto necesitaba urgentemente una lección de cortesía. No sabía como respondería el rey al tomar esta decisión pero a pesar de ello, continuó con el procedimiento formal que un reto debía pasar en aquellas épocas.
“Muy bien Uehara-san. Acepto honorablemente el duelo”.
Uehara precisó el lugar del enfrentamiento que sería al día siguiente a las 5 horas del amanecer y se celebraría en los jardines del palacio real.
Al día siguiente, antes de la hora prefijada, Uehara decidió tener alguna ventaja sobre el bushi. Para ello, llegó una hora antes de la hora prefijada con la finalidad de familiarizarse con el terreno; remarcar las áreas resbaladizas; la inclinación del terreno; las piedrecillas sueltas y hasta localizó la posición de las hojas caídas. Naturalmente, no olvidó por donde salía exactamente el sol y los brillos reflectantes de luz.
Después de memorizar la zona, inició el ascenso a una pequeña colina para poder ver el campo de batalla en su conjunto. Él era un experto luchador y la estrategia antes de cualquier batalla era de vital importancia. Sin embargo, no conseguía evitar una sensación angustiosa que comenzaba a revolotear en su estómago mientras ascendía. Cuando llegó arriba, la densa niebla del amanecer se hizo más fina.
“¡Uehara!, sonó una potente voz, ” te estaba esperando”.
¡Al otro lado estaba Matsumura, difuminado entre la espesa niebla! ¡Le había estado observando durante todo el rato! Uehara quedó totalmente transpuesto. A penas le podía distinguir, pero según se disipaba la bruma, aquella sombra alcanzaba por momentos dimensiones más y más grandes.
Mientras apretaba los labios y los dientes rechinaban, maldecía no haber venido antes, había perdido ahora totalmente la ventaja estratégica del reconocimiento del terreno. Su artimaña había sido descubierta y esto le producía una gran sensación de indefensión.
“¿Estás listo, Uehara?”, añadió el Bushi, mientras caminaba lenta y parsimoniosamente hacia él.
Sin una palabra más, dio un salto hacia atrás colocándose en su kamae (posición) de lucha mas cómodo.
Matsumura le miraba mientras se plantaba de frente apoyándose sobre las dos piernas y con los brazos cayendo a ambos lados. Adoptó entonces una postura de reposo denominada.
Muchos pensamientos se mezclaban en la mente de Uehara. Sentía como el pánico comenzaba agarrotarle todos los músculos del cuerpo. Las piernas se le aflojaban. Sudaba frío y la cara se le bañaba en ese sudor. Estaba perdiendo los nervios antes de empezar.
En un momento de desesperación y antes de sentirse más alterado, lanzó su ataque. Profirió un profundo grito y comenzó a moverse con celeridad hacia delante, pero cuando llegó a distinguir la mirada tranquila del bushi y, asombrarse de que su cuerpo no mostraba ningún movimiento defensivo, freno en seco la acción. Dio entonces un salto hacia atrás como un resorte abortando el ataque, comenzó a andar de lado a lado como lo haría un tigre en una jaula. Seguramente estaba intentando tranquilizarse e intentando localizar un punto débil o desarrollar algún tipo de ataque.
La imagen de Matsumura se recortaba ahora contra las luces del amanecer dándole un marco impresionante como si de un ser fantasmagórico se tratara.
“Uehara,” dijo Matsumura con su grave voz, “¡haz algo!”.
El artista comenzó entonces a hacer círculos cada vez más cerrados pretendiendo que el sol cegara a su adversario. Su ánimo recuperaba energía con este pensamiento. Alguna ventaja le daría esta estrategia pensaba.
Uehara, hizo el intento. Gritó nuevamente y se abalanzó contra el samurai. ¡De repente vio como cuatro Fudo-Miyo salían de los ojos del Maestro que en ese momento brillaban como el sol del amanecer! Los demonios se interponían entre él y el impasible bushi en una actitud demoníaca. Las “cosas” eran como espectros sobrehumanos, como si no pertenecieran a este mundo.
El cuerpo del pobre Uehara perdió toda su fuerza y su mente no podía controlar ni el peso de su cuerpo. Simplemente cayó sobre sus rodillas y empezó a llorar.
“No te sientas avergonzado”, le dijo Matsumura, “tu querías ganar a toda costa, el deseo lo masticabas en tu boca. Solo era un pensamiento y ahí es donde yo te he atacado. Tu propio pensamiento te ha vencido”.
Diciendo esto, Matsumura dejó al hombre solo con sus pensamientos y se alejó colina abajo mientras encendía la pipa que se había quedado sin labrar.
Esta lección la contó el Bushi durante muchos años en su dojo, mientras los alumnos permanecían en silencio escuchando las lecciones filosóficas que impartía el Maestro. Advertía, continuamente a los seguidores del karate que; el hambre por la gloria genera una gran vanidad que siempre acaba en derrota.
Podrás vencer en mil batallas y hacer diez mil prisioneros pero no ganaras nada si no te vences a ti mismo.

Carta de Sokon (Bushi) Matsumura dirigida a Kuwae Ryosei
(escrita el 13 de mayo de 1882)

’Usted sólo puede entender el camino verdadero de las artes marciales a través de la investigación de la vida y el entrenamiento permanente y continuo.
Es bastante interesante notar que las artes marciales y sus métodos de estudio mantienen un constante paralelismo con nuestra forma de enfrentar y entender la vida.

Examinándolos en sus generalidades, encontramos que hay tres métodos básicos aplicables generalmente a ambas:

El primer método es el estudio de las palabras claves y poderosas, necesarias en la comunicación y la búsqueda de ideas y posiciones fundamentadas.

El segundo método está basado en saturarse de la sabiduría que nos brinda la literatura tradicional, e inculcar a su vez el sentido del deber que expresan por vía de su ejemplo.

A pesar del hecho que estos dos métodos son claros, no alcanzan para comprender la esencia última y verdadera del Camino. Abarcan sólo una ínfima parte de la comprensión y son por tanto muy superficiales para el estudiante. Entonces, yo los considero como incompletos.

El tercer método, es el que para mí es el más completo. Porque entiendo que es a través de el como únicamente podemos comprender la realidad de nuestra existencia. Es práctica pura, la cual se debe de realizar con plena convicción. Es la valoración de nuestra constante y creciente experiencia, basada en el sacrificio, creando lazos permanentes entre nuestro exterior y nuestro interior. Su progreso nos hace ganar verdadero respecto por nosotros mismos y sin luchas innecesarias. Esto promueve la lealtad con la familia, los amigos y el propio país. Esto también nos da un comportamiento natural, desarrollando un carácter férreo y a la vez flexible, en una dualidad perfectamente complementaria.

Estas son solo algunas cosas para las cuales nos prepara:

(1) Para ganar un entendimiento más profundo
(2) Para ganar fuerza de nuestras debilidades
(3) Para hacerse más sincero
(4) Para hacerse más honrado
(5) Para poder controlar mejor nuestras emociones
(6) Para tener más paz en nuestros corazones y nuestras casas

Esto es considerado por mí una Doctrina, que puede ser aplicada no sólo en nuestro país, sino también en el mundo entero. Por lo tanto, sólo este estudio es verdaderamente completo.

De la investigación de las artes marciales, vemos claramente esas tres divisiones y sus elementos equivalentes a lo anterior expuesto:

Gukushi No Buguei:

El primer método, es más bien un juego de psicología y táctica. Esto en realidad no tiene ningún uso práctico en la lucha, pero es un vistoso y bonito entretenimiento. Algo muy superficial.

Meimoku No Buguei:

El segundo método no es nada más que ejercicios físicos. Su único objetivo esta puesto en ganar. En esto no hay ninguna virtud. Los medios que emplea este método son discutibles. Muchas veces ellos hieren a otros y a quien los emplea. Muy a menudo hacen que la deshonra los encuentre e incluso esta llegue a la propia familia.

Budo No Buguei:
.
Si usted tiene una calma invencible, usted puede vencer al enemigo sin el uso de la fuerza, pero con la ferocidad de un tigre y la rapidez de un pájaro.

Este tercer método comprende:

(1) Bu prohíbe la violencia intencional
(2) Bu gobierna las acciones del guerrero
(3) Bu edifica
(4) Bu promueve la virtud
(5) Bu promueve la paz entre las personas.
(6) Bu produce la armonía en la sociedad
(7) Bu causa prosperidad

Llaman a estos “las Siete Virtudes del Buguei”. Hombres sabios las enseñaron, y están contenidos en un libro llamó el Godan-sho.
Así, el Camino verdadero de las artes marciales tiene más que un elemento referente y aplicable a la Vida. Un hombre sabio no necesita los primeros o segundos métodos. Todo lo que él necesita es el tercer método. En este, usted encontrará el Camino verdadero.
Esta fuerza invencible profundamente influirá en su juicio, en reconocer oportunidades y actuar apropiadamente. Las circunstancias siempre determinarán la acción correcta que usted deberá tomar.
Esto podría parecer como una falta de respeto para las otras dos metodologías, pero mi convicción ya es firme e inmovible y está basada en la Doctrina del tercer método.
Le he revelado a través de mis palabras, mi Secreto. No hay nada mas oculto en mi mente, nada me he guardado. Si usted acepta y presta atención a mis palabras, usted llegara a encontrar el Camino verdadero. ’’

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