# 0: CHATAN YARA

CHATAN YARA
1668 – 1746

Fue uno de los primeros en la difusión y la enseñanza del karate en la isla de Okinawa. Algunos historiadores sitúan su fecha de nacimiento en el año 1668 (y su muerte en 1746), en Shuri. Otros investigadores lo enfocan en una fecha posterior. De todos modos, es a él a quien debe, entre otros, el desarrollo del Ti en la isla.
Tenía 12 años cuando su tío, un comerciante minorista, convenció a los padres de Yara, para que lo enviaran a China a estudiar el idioma y la cultura en géneral. Como hijo de una buena familia acomodada ubicado en la corte, pasa a tener también una educación en la via de las Artes Marciales. En China, estudió con el maestro Wong Chun Yoh.
En esa epoca, y a pesar de estar bajo el dominio Satsuma, Okinawa dependía de la corte de China, los chinos habían llegado a un acuerdo con el imperio japonés para seguir al hacer frente de la isla. Esto favoreció la influencia de ambas naciones.
En 1700, regresó a Shuri y comenzó a enseñar. Uno de sus alumnos fue Takahara Peichin que es más recordado por haber sido el Sensei del hombre que más tarde sería conocido como: Tode Sakugawa.
Yara sabía leer y escribir el chino perfectamente, razón por la cual vivia muy ocupad trabajando para los minoristas y los funcionarios del gobierno. Fue muy solicitado por su capacidad para traducir documentos y cartas.
Vivio segun se cuenta varios altercados con Samurai, es esta situacion la que marco su deseo de enseniar a su pueblo a defederse de los atropellos de los japoneses contra la población de las aldeas okinawaneses.

ESTA HISTORIA NARRA ESE PRINCIPIO…….

Era un día cualquiera del mes de noviembre en los inicios del siglo XVIII. En el otro lado del planeta, filósofos occidentales, como sir Francis Bacon en Inglaterra o René Descartes en Francia, desarrollaban las bases del pensamiento moderno que desde entonces llamamos “la Era de la Luz”. Inglaterra inauguraba un gobierno parlamentario y el resto de Europa se consumía en peleas coloniales.
Mientras todos estos acontecimientos se desarrollaban allende los mares, aquel joven se encontraba subido en lo alto de la colina que dominaba el puerto de Fukien, China, y solo se preocupaba en sentir la brisa del viento que le soplaba en la cara y el ruido que la corriente de aire producía en sus oídos. Su pensamiento se hallaba más lejos que la línea del horizonte, soñaba en las islas del archipiélago de Ryukyu, allí por donde, entre la bruma, el sol se pone al atardecer.
La melancolía que su cara expresaba y la lasitud de su cuerpo, no se correspondían con la fuerza y el aspecto físico que aquel joven poseía.
“Tienes añoranza,” le dijo el viejo que estaba sentado detrás de él, mientras observaba su estado anímico. “No te preocupes, mi querido y alumno”, continuo, “pronto estarás en casa”.
El joven volvió la cara y miro al anciano con expresión de sumisión. Hacía 20 años desde que abandonó su pueblo en Okinawa y había permanecido en China durante todo ese tiempo, para aprender las artes marciales con aquel venerable abuelo que le aceptó como discípulo. Ahora era el guardián transmisor de las técnicas secretas que la familia del anciano maestro atesoró durante siglos.
“Me pregunto si las cosas seguirán igual en mi pueblo cuando regrese”, dijo Yara, que así se llamaba el joven.
“Todos los fenómenos son impermanentes”, según Buda. Lo viejo se va y lo joven se volverá viejo”, sentenció el octogenario.
Yara, cuando era un niño de tan solo 12 años de edad, fue llevado por sus padres a China para que se instruyera en el arte de la lucha bajo la disciplina del Maestro Wong. Ser artista marcial estaba muy bien considerado socialmente por aquellos años, sólo los nobles tenían acceso a ellas y por este motivo si un campesino como él lograba el grado de maestro, no sólo era un gran prestigio personal, sino que toda su familia también gozaría de esa reputación.
Apenas recordaba nada de Chatan, su pueblo natal. No podía imaginarse que con el transcurso de los años acabarían llamándole Yara Chatan, y que su nombre sería más recordado que el de su propio pueblo.
De niño, encontró muchas dificultades de adaptación lejos de su casa, pues las costumbre en el área de Fuchou, donde vivía, eran muy diferentes a las de Okinawa. Tenía el triple cometido de aprender la difícil lengua nativa, las costumbres locales y el laberinto de las artes marciales. Lo último era probablemente lo más difícil, debido a que las formas disciplinarias chinas eran totalmente diferentes a las okinawenses que, en aquel entonces, eran unas islas sometidas militarmente por China y mantenidas en la ignorancia.
En Okinawa siempre estaba en contacto con el viento, el mar y los tifones que rugían desde el mar de la China. La naturaleza era su absoluta maestra, y la única escuela a la que asistían los niños era el aire libre. Pero todo cambió el día que llegó su tío de la ciudad de Naha y se lo llevó a China que por entonces representaba ser el único país donde se podía ir para adquirir cultura y conocimientos prácticos.
Su tío, que era comerciante, convenció a sus padres después de una larga conversación de que su hijo pequeño, que era fuerte como un toro y que tenía un carácter disciplinado, podría llegar a ser un gran artista marcial. Todos estuvieron de acuerdo en que el mejor sitio para aprender era China.
Efectivamente, desde el año 1392, un gran número de familias chinas se asentaron en Okinawa y durante siglos sirvieron en puestos oficiales. La influencia china duró hasta el reinado del Emperador Sho Tai (1848-79) y, fue entonces cuando se produjo el fenómeno a la inversa; los okinawenses viajaban a China en busca de cultura y de estudios avanzados. El dominio del bilingüismo era muy apreciado por esa época y un factor cultural con el que se alcanzaba un alto estatus social y económico.
Al llegar al puerto de Fukien, pronto pasó a ser un deshi (aprendiz) del Maestro Wong Chung-Toh, el cual se encargó de aplicar la disciplina del entrenamiento físico y la filosofía espiritual que tanto necesitaba la fuerza bruta de aquel niño. Aprendió las formas de un arte chino denominado Sing.- I, que se basaba en la defensa personal y sistemas de entrenamiento orientados hacía la búsqueda espiritual Chi-Kung. Yara, bajo este tutelaje, acabó siendo un gran artista marcial y un pionero en los conceptos espirituales dentro de las artes marciales que posteriormente inundaron el archipiélago de las islas RyuKyu.
Durante su permanencia en China, Yara empleó la mayor parte de sus energías en el aprendizaje del arte del Bo (palo largo). Fue tal el interés que demostró por el que acabo por conseguir, después de largos entrenamientos día tras día y año tras año, que fuera una extensión de su propio cuerpo. Pero el mayor regalo que trajo de China para Okinawa fue el sentido del equilibrio. El concepto del equilibrio es el punto central del que parte todo conocimiento, no solamente en lo referente al mundo físico, sino al espiritual. La calma de la mente se manifiesta en un cuerpo en calma y viceversa. Yara fue el embajador en Okinawa del concepto de “la fuerza interior”, esencia que aprendió por medio de la práctica intensiva del Chi-kung y del Sing-I. Ambas formas han perdurado hasta la actualidad, empleándose el Chi-Kung especialmente como gimnasia terapéutica de origen chino.
Todas estas formas de entrenamiento lograron por fin, al cabo de los años, que aquel joven de poderosa fuerza bruta consiguiera unir su cuerpo y su mente en perfecto equilibrio, domando el primitivo carácter impulsivo juvenil.
Como tenía aquella fenomenal fuerza física, Yara era atraído especialmente por los entrenamientos que requerían impactos o contacto cuerpo a cuerpo. Todos aquellos que estaban relacionados con la velocidad o la fuerza levantaban en él especial entusiasmo. Pero, gracias a la paciencia de su Maestro, los secretos profundos del balance y la armonía fueron impregnando su ser hasta llegar a ser un Maestro de la quietud.
Cada día, durante sus entrenamientos, el maestro encontraba la oportunidad para empujarle suavemente hacia cualquier dirección, haciéndole tambalear. Al principio le era imposible mantenerse firme mientras resistía el empuje. Por fin, al cabo de muchos, acabó por descubrir intuitivamente que la clave del equilibrio no estaba en “resistir”, sino en absorber y acompañar la fuerza externa: Aprendió el arte de la esquive, Tai-sabaki.
“Todas las cosas encuentran su integración en unidad”, le repetía su maestro cada vez que perdía el equilibrio. Esta misteriosa frase, que memorizó a la perfección, no conseguía entenderla; ¿integración?, ¿unidad?
Un día, de repente, la palabra que había oído repetir a su Maestro insistentemente, “unidad”, entró poderosamente en su mundo conceptual:
Mientras estaba realizando unos movimientos muy complicados que requerían equilibrio, giros, saltos, potencia y precisión, notaba que nunca lo conseguía hacer bien, su mente siempre pensaba en lo que estaba haciendo, y esto era tan complejo que era imposible controlarlo todo al mismo tiempo. Se sentía frustrado. En un momento preciso, cuando su cuerpo llegó a estar totalmente agotado, de repente sintió como éste se movía por si solo ¡sin el control de su voluntad! Todo su cuerpo se inundó después de una sensación de plenitud, serenidad y armonía. No había más juicios ni pensamientos adversos, todo era paz. ¿Qué estaba sucediendo?
Había descubierto la unidad del cuerpo con la mente. El equilibrio que estaba buscando se podía lograr solo si el cuerpo y la mente individualmente, cada uno por sí mismo, estaban en equilibrio. Era el Zanshin.
El maestro que le estaba observando atentamente, se levantó, le hizo una reverencia muy lenta y le dijo: “Ya has llegado, a partir se ahora serás siempre tu mismo. Tu mente y tu cuerpo son la misma cosa. Ya puedes volver a Okinawa.”
Yara, tardó 20 años en sentir que los conceptos de unidad y equilibrio eran la misma cosa y que el segundo era consecuencia del primero. La complejidad de estas percepciones estaba solo al alcance de aquellos que durante muchos años y bajo la dirección de un experto Maestro, se entregaban en cuerpo y alma con total respeto.
Durante toda su vida recordó, y posteriormente enseñó en Okinawa, aquella misteriosa frase que encierra el misterio de cualquier transformación en la vida:
“EL TIEMPO ES IMPORTANTE SOLO PARA LOS SERES QUE NO TIENEN PACIENCIA”.
El Maestro, con una sonrisa maliciosa y benevolente al mismo tiempo también repetía frecuentemente a sus alumnos:
“Cuando esperas a alguien que amas, 10 minutos es mucho tiempo. Si entrenas para buscar la perfección, 50 años es solo el principio.”
Todos estos pensamientos se manifestaban en el vibrar de sus ojos mientras descendía la colina al lado de su mentor. Por primera vez desde que era niño sintió un nudo en su garganta. Al día siguiente su barco zarpaba para Okinawa. Eran los últimos momentos al lado de Wong, sabía que nunca le volvería a ver. Una mezcla de pena, melancolía y gratitud se mezclaban en su alma solo calmada por la ilusión del cambio, la transformación de la que tanto había hablado su venerable profesor. “Qué maravillosa energía tiene el estudio de las Artes Marciales, que hasta en el despido se encuentra el equilibrio del alma…”, pensaba Yara. Su Maestro, al lado, en unidad con él, sentía exactamente lo mismo, no hacían falta palabras, la emoción era el vínculo que unía a aquellos dos buscadores del todo.
Todo estaba en equilibrio.
El barco de vela estaba apunto de partir. Dos pequeños bultos a ambos lados de Yara guardaban todas sus humildes pertenencias. Uno redondo con una muda de ropa junto con la comida cuidadosamente cocinada por su Maestro, y el otro alargado, guardando con esmero su Bo y una pareja de Sais. Mientras hacía la reverencia del despido, su corazón latía tan fuerte como los recuerdos que atesoraba dentro de sí. Desde la línea del horizonte, Yara veía alejarse el puerto de Fukien. En su mente se difuminaban las montañas de China, mientras que la imagen sonriente de la última expresión del rostro de su maestro, se agrandaba en el recuerdo que le acompañaría para el resto de su vida. Nunca más le volvería a ver, pero siempre estaría con él en cada movimiento, en cada pensamiento e incluso en cada toma de decisión.
Llegada a Okinawa
Okinawa, en aquel tiempo, era un feudo protegido de China y la isla dependía del Emperador que tenía el control militar y comercial. La “protección” era necesaria para salvaguardarse contra los piratas que patrullaban asolando brutalmente los numerosos estrechos que separaban las islas. También existía un peligro mayor y mejor organizado: el clan de los Satsuma, provenientes de Japón, el cual estaba perfectamente militarizado. Los gobiernos del Emperador de China y de Japón habían llegado a concertar un buen tratado para los dos países que controlaba no solamente el comercio de productos sino el intercambio cultural. Okinawa quedaba en el medio sin apenas capacidad de influencia; era un feudo subordinado a los caprichos de dos grandes países y, naturalmente, su comercio era controlado por funcionarios chinos y japoneses. Favorecidos por esta situación política, en determinadas épocas del año, los japoneses viajaban a Okinawa para comerciar con los mayoristas isleños, mientras que los oficiales chinos miraban discretamente para otra parte, pretendiendo no ver lo que estaba gestionándose. No obstante, en una situación tan irregular los roces entre las tres nacionalidades eran frecuentes. Los japoneses, fuertes de carácter, hubieran preferido que los chinos abandonaran las islas y esta circunstancia se manifestaba en numerosos altercados y violaciones de derechos contra los habitantes de Okinawa. Por el otro lado, los chinos pretendían introducir sus costumbres y cultura, por eso durante el mes de octubre se celebraban las fiestas tradicionales chinas, obligando a los nativos okinawenses a asistir. Naturalmente que lo hacían, solo bajo la amenaza de las armas. El clan Satsuma había mantenido las normas antiguas mantenidas desde el siglo XVI (Hideyoshi, año 1588), requisando todas las armas pertenecientes a los okinawenses lo cual dejaba a estos sin ninguna posibilidad de defensa militar.
Aquella orden se denominó “Caza de espadas”, por la que se requisaban todas las armas en manos de los campesinos. Con esa política se anulaba cualquier posibilidad de rebelión de la plebe. Desde entonces llevar espada era un privilegió exclusivo de los samuráis.
Tres años más tarde se reforzó esta iniciativa con el “Edicto de separación”. Con él se obligaba a los samuráis a vivir en el castillo de su señor. El campesinado debía permanecer en el campo y tenía prohibido el acceso a la vida militar.
En el 1603, Tokugawa, era nombrado Shogun. Daba comienzo una larga etapa de paz, muy próspera en lo que al estatus del samurai respecta. La era Tokugawa supondría una metamorfosis del guerrero en burócrata.
Tokugawa, oficializó la división de clases y las convirtió en hereditarias. El nuevo modelo social se basó en el confucionismo. Éste era un credo fuertemente elitista, el confucionismo, demandaba de cada clase una entrega total a la superior. Valoraba el trabajo agrícola, pero despreciaba toda ocupación relacionada con el enriquecimiento personal. Así pues, el orden jerárquico japonés quedó compuesto por nobles, samuráis, campesinos, artesanos y comerciantes.
Este factor fue, como veremos posteriormente, importantísimo para el desarrollo de las Artes Marciales en el archipiélago de Okinawa.
Bajo estas circunstancias, los únicos que perdían eran los okinawenses.
Cuando los extranjeros japoneses cometían algún tipo de excesos o tropelías, los oficiales chinos miraban para otro sitio sin defender a los nativos. Por estos motivos, el pueblo okinawense desarrolló un carácter de supervivencia social, necesitando imperiosamente mantener su nacionalismo e identidad. La presencia física de cualquier persona que pudiera aportar algo a la cultura local o a la defensa de los campesinos, era recibida como el agua de lluvia después de la sequía.
Cuando posteriormente los japoneses abandonaron Okinawa, pretendieron que la isla dejara de ser un feudo Chino. Naturalmente no podían permitir tener bajo sus pies un territorio bajo el dominio de Emperador de la China.
Esta era la situación que encontró Yara a su regreso. Sus padres, contentos por su regreso, pretendían no mostrar ningún signo de añoranza por otros tiempos mejores. Como si nada hubiera pasado durante los años de ausencia del hijo. Lo único que les importaba era que este había vuelto después de 20 años de ausencia.
El hermano de Yara era el alcalde del pueblo, y tenía muchas responsabilidades que podía compartir con el recién llegado, especialmente porque leía y escribía chino a la perfección. Una persona con esas características era muy apreciada por los comerciantes y por los oficiales del gobierno. Su trabajo como traductor e intérprete era tan solicitado que, apenas tenía tiempo para continuar con los entrenamientos de su adorado arte marcial. Entrenaba durante algunas horas del amanecer, suficientes para mantenerle en buena forma física.

EL RONIN
Los pocos momentos que tenía libre eran empleados por Yara para pasearse por las playas y cuevas, que eran el entorno natural del pueblo. Un día, mientras gozaba de uno de estos agradables paseos, oyó un grito histérico que pedía ayuda. Se detuvo y prestó atención cuidadosamente. El soplar del viento y el monótono murmullo de las olas le impedían focalizar el origen del chillido. Entonces centró toda la atención en el sentido del oído, cerrando los ojos, aflojando todos los músculos del cuerpo y calmando la respiración.
Los gritos llegaron claros a sus oídos y en un instante, Yara estaba corriendo hacia el origen del extraño ruido. Cuando alcanzó la cresta de una duna, quedó sorprendido al ver a un ronin molestando violentamente a una joven. El samurai le vio bajar corriendo la duna mientras todavía mantenía agarrada a la joven.
A finales del siglo XVI, los más de cien años de guerras civiles crearon un fondo cada vez mayor de samuráis sin empleo. En la mayoría de los casos, las guerras terminaban con el daimio vencido restaurado en sus dominios tras jurar lealtad al vencedor, pero en ocasiones el señor resultaba muerto. En este caso, el samurai a su servicio se convertía en ronin, (“hombre de las olas”; porque, como las olas arrasaban con todo). Por lo general, solía alistarse rápidamente en el ejército de otro daimio, puesto que un señor de la guerra ambicioso necesitaba a todo samurai que pudiera encontrar.
Las oportunidades empezaron a disminuir para estos ronin a partir de la era Tokugawa en el siglo siguiente. Todos los daimios se encontraban al servicio del Shogun. Sus propiedades estaban requisadas, y también el volumen de sus tropas. Era difícil reclutar nuevos soldados, sobre todo si éstos se habían enfrentado al clan de los Tokugawa, ahora en el poder. Así, muchos guerreros sin señor se dedicaron a vagabundear.
Algunos decidieron llevar una vida independiente, viajando por el país en una especie de peregrinación guerrera retando a combate a otros samuráis. Otros se convirtieron en maestros de esgrima. Hubo quién se internó en monasterios y se dedicaron a escribir libros sobre el kenjutsu, la técnica de la espada. Otros terminaron como guardaespaldas o como matones de bandas criminales. Los más desconocidos son los que fueron en busca de fortuna al extranjero, fuese como comerciantes, piratas o mercenarios en tropas a Siam (Tailandia), Corea o Vietnam.
“¿Por qué no dejas a la muchacha libre?” gritó Yara, superando el zumbido del viento y el rodar de las olas. “Si quieres una chica, hay muchas en la calle Aka-sen en Naha.
Mientras decía esto, Yara se aproximaba al samurai lentamente, sin ninguna expresión en la cara. Cuando llegó a estar cara a cara con el agresor, añadió: “deberías tener vergüenza de ti mismo, un samurai atacando a una indefensa joven”. Aprovechando estos momentos de incertidumbre, la joven se zafó del agarre de su atacante, voló corriendo hacía unas dunas cercanas, ocultándose lejos mientras espiaba el acontecimiento que se estaba produciendo entre los dos hombres.
Yara, con tranquilidad, miraba al samurai, y se dio cuenta de que el kimono llevaba el emblema del clan de Satsuma. Después miró la empuñadura de la espada y remarcó que era de buena calidad. Esta mirada fue notada por el samurai, el cual agarró la empuñadura y movió el cuerpo hacia un lado.
Yara, instintivamente, dio un paso atrás y dejó caer los brazos sin fuerza a ambos lados como si de dos cuerdas se tratara. Se daba cuenta de lo delicado de su indefensa situación cuando el ronin desenvainó la espada lentamente y avanzó hacia él. Yara esperó.
Por primera vez en su vida, a la edad de 32, se encontró en una situación de vida o muerte. Esto no era un entrenamiento. Era un momento crucial en el que su vida podía acabar en un instante. Empezó a tensarse al ver como el hombre armado se aproximaba cuidadosa y lentamente. Entonces, como una iluminación, las palabras del viejo Maestro llegaron a su mente: “Si la mente no esta tranquila, no se puede concentrar.”
Tomó entonces una inspiración profunda y relajó los hombros. Dio un paso atrás nuevamente mientras espiraba, permitiendo que sus sentidos descendieran hasta el hara (bajo abdomen). Toda la tensión y el nerviosismo desaparecieron. Estaba listo para tomar la acción con las manos desnudas.
El samurai, lentamente, movió su espada hasta la posición cómoda y paró ahí. En un parpadeo de los ojos lanzó su ataque. La espada describió un semicírculo lateral en un clásico corte, pero Yara ya había retrocedido dos pasos, evitando el golpe que acabó cortando solo el aire que había dejado su cuerpo. Yara acabó de rodillas en la arena blanda. Entonces, el enfadado samurai arrancó a correr torpemente hundiéndose en cada paso hasta las rodillas mientras mantenía a la espada por encima de su cabeza. La escena hubiera parecido hasta cómica, si no fuera por que una katana es un arma mortal y la intención del que la llevaba, asesina.
Yara decidió volver sobre sus pasos cuidadosamente mientras envolvía al samurai y se situó en el rebalaje de la playa, acto que enfadó mucho más al excitado ronin.
La muchacha entonces quedó aterrada al ver que Yara se dirigía hacia la posición que ella ocupaba, se sintió perdida, el samurai la descubriría nuevamente. Miró entonces a su alrededor y observó que había a unos metros de distancia un barco de pescadores volcado del que asomaban el mango de dos remos. Corrió velozmente hasta ellos y, liberando uno, se lo lanzó al hombre que estaba luchando por ella y que venía con grandes zancadas directamente hacia ahí.
Yara tuvo la mejor oportunidad de su vida, agarró el remo y en una décima de segundo se encaraba al samurai con más posibilidades que instantes antes. El samurai renegaba de sí mismo, mostrando signos de gran cólera. Había perdido la enorme ventaja que significaba enfrentarse a un hombre sin arma alguna. Frenó entonces su carrera y adoptó una posición de ataque manteniendo la katana con ambas manos por encima de la cabeza. Permanecieron en esa actitud unos momentos mientras se miraban fijamente. Yara adoptó una posición relajada, dispuesto a vencer o morir.
La joven veía cómo los dos enemigos se observaban como estatuas mientras el bufido del viento y el ronronear de las olas daban a la escena un marco trágicamente grandioso.
De repente, el samurai se lanzó hacía él, haciendo descender su sable hacia abajo con gran fuerza. La reacción de Yara fue instantánea: golpeó con su remo la empuñadura de la katana. El golpe fue realizado a la perfección, mandando hacia el cielo la espada, pero en el momento del impacto, Yara inexplicablemente había saltado por encima de la cabeza de su oponente situándose en una posición extremadamente expuesta. Fue una acción muy delicada debido a la inestabilidad de cualquier gesto en el aire, pero la jugada salió bien. En el momento que el hombre del clan de Satsuma sintió que perdía el agarre de la espada larga, se inclinó sobre una rodilla y blandió su espada corta (wakisashi). Todavía no había aterrizado Yara cuando le aplicó una patada lateral a la cabeza que hizo vibrar todo del cuerpo del samurai. Cayó hacia atrás, a los mismos pies de la joven que acababa de molestar. Desesperadamente intentó levantarse del suelo, pero Yara cayó sobre él como un rayo, descargando el remo con toda su fuerza reventándole el cráneo.
Murió en el acto.

EL CHICHON
Comenzaron los vecinos del pueblo a oír los extraños sonidos que salían de la casa de Yara, típicos del entrenamiento de las artes de lucha. Poco a poco se fueron acostumbrando. Cuando algún extranjero visitaba el pueblo, Yara inquiría a sus discípulos que no hicieran ruido y entrenaran silenciosamente, pues el entrenamiento de cualquier tipo de lucha o el uso de armas estaba absolutamente perseguido por las autoridades japonesas. Durante esa época los alumnos se concentraban en las técnicas de potencia, incluso durante la práctica de las katas, golpeando troncos de árboles y haciendo los más duros entrenamientos con mancuernas de piedra tallada.
Sucedió que, aún a pesar de intentar mantener las clases en el más riguroso secreto, todo el mundo acabó por enterarse. Un día mientras trabajaba en la profesión que le daba de comer; traducciones del chino al japonés, su cocinera le anunció la llegada de un extraño que había venido de lejos solo para hablar con él.
“Este hombre no es del pueblo ni de esta parte del país, remarcó el ama, pero parece fuerte y aparenta ser un luchador”.
Yara se sintió tenso cuando escuchó esto. Se dirigió al patio con cierta aprensión y vio un joven de unos 20 años, bajo y muy robusto, que le esperaba sentado en la barandilla con una actitud altiva, mientras mantenía una pareja de sais en una mano y la otra se apoyaba en su cadera. El extranjero se incorporó cortésmente y se acercó a él.
“Perdone que le moleste,”dijo en un tono cortes pero al mismo tiempo arrogante, “¿Es usted Chatan-Yara?” Ya por entonces la buena reputación de Yara había merecido por parte de los campesinos poner el nombre del pueblo donde nació, Chatan, delante del suyo propio.
“Sí, soy yo,” respondió mirando fijamente a los ojos del extranjero.
“Soy de la isla de Hama-Higa,”dijo animosamente el joven. Yara, inmediatamente recordó que esta isla era famosa por el buen uso del sai y de las tunkuwas (instrumento de labriegos para romper el trigo), por lo que muchos de sus expertos eran tomados como guardias reales, y por lo cual se sentían muy orgullosos.
“Mi nombre es Shiroma y he venido desde mi isla con la esperanza de que usted me enseñe lo que yo no sepa del uso del sai.”
“Yo no doy clases’, respondió Yara, que sonrió y saludo cortésmente mientras daba la espalda e iniciaba el regreso a su trabajo.
“¡Un momento!”, gritó Shiroma, colocándose delante de él. “Yo no he hecho todo este viaje para que me dé la espalda. He recorrido una gran distancia para encontrar a un experto. Ya he encontrado a otros “llamados” maestros y los he vencido a todos, y he venido a verle suponiendo que eras el más grande en Okinawa. Esto es lo que me dijo la hermana del alcalde de este pueblo. Una lección con usted valdrá para saber si ella tenía razón o no.”
Yara en esos momentos estaba más preocupado en lo concerniente a la indiscreción de la joven que en la propuesta del retador.
“Esa hermana del alcalde, ¿es una chica menuda con los pómulos de manzana?”.
“Sí,” contestó Shiroma, “se ajusta a la descripción. En ese caso, usted debe ser sin duda el gran Chatan-Yara y no he venido en vano.”
“Dígame joven,” continuó Yara, “¿has pasado por la disciplina de los entrenamientos de Tsu Ken Shita Acu?”. (Esta era un Ryu de mucha reputación).
“Sí, su técnica de sai es buena, pero su Maestro, por desgracia, no está en sus plenas facultades por culpa del sake y decidí dejarle”.
Yara estudió al joven detenidamente. Vio un aura de gallo vanidoso y decidió darle una clase de humildad, después de todo la culpa de esa arrogancia no era toda de él sino de la torpeza filosófica de su maestro. El único problema que tenía era cómo darle la lección sin herirle.
“Ven a encontrarte conmigo mañana a la salida del sol en la playa”, soltó Yara, y te daré esa lección que venias a buscar.” Después de esto, se retiró a su trabajo.
Al día siguiente, como se prometió, Yara estaba sentado en la playa sumido en aparente profunda meditación, mientras el sol daba un color naranja a sus hombros. Sentía una maravillosa armonía con el cielo y la tierra. Sin mirar, podía sentir que algo que se acercaba lentamente, con cautela, y esto altero su calma. El hombre que se acercaba venía lleno de tensión y excitación. Yara lo podía sentir, y esperó hasta que la dura energía del joven estuviera a pocos metros de distancia. Entonces abrió los ojos.
“Aquí estoy”, dijo Shiroma, sacando los sais de la cintura y manteniéndolos colgando a ambos lados del cuerpo. Yara sonrió y se levantó.
“¿Estas listo para aprender?”, preguntó Shiroma.
El inocente joven busco su postura de guardia. Yara presentó una postura de brazos caídos sin preparación ninguna. Shiroma sintió que la calma que adoptaba Yara era la de un experimentado maestro. Entonces se decidió su estrategia; girar hacia el mar esperando que el sol quedara a su espalda. Ésta esperaba que fuera una gran ventaja.
“Si me pongo en una posición donde el sol le dé directamente en los ojos, “estará durante unos momentos ciego “.
Mientras Shiroma giraba hacia su premeditada posición, mostraba una gran tensión y exceso de concentración. Una voz interior le decía, ” Inicia tu ataque en el momento en que el sol ilumine sus ojos. ¿Porque este está tan tranquilo? Tengo que vencerle en el primer ataque, con un hombre así no tendré una segunda oportunidad”. Su mente bullía de actividad.
Shiroma, por fin, estaba a un paso de lograr que el sol le iluminara la cara. Yara todavía permanecía sin moverse con los brazos colgando y sin ninguna guardia, lo cual le enervaba aún más y le hacía sentirse incómodo.
Como un relámpago, Shiroma dio su paso final, y solo entonces Yara levantó un sai. Fue la última cosa que recordó Shiroma.
Este acontecimiento lo contó después con gran orgullo numerosas veces: “En el momento cuando encontré la posición que estaba buscando, el Maestro levantó un solo sai y lo usó como un espejo, reflejando la luz del sol contra mis ojos. Me hizo víctima de mi propio juego. Mi trampa fracasó, y más tarde desperté en la puerta de la casa del Maestro con un fuerte dolor de cabeza y un chichón enorme”.
Shiroma permaneció después durante muchos años con el Maestro Yara. Lo tenía todo, fuerza, agilidad, vocación, pero pensaba demasiado y esto era la razón de sus desequilibrios físicos y síquicos. Con los años se calmó.
Durante los años siguientes, la historia de Yara pertenece al misterio. Parece ser que el resto de su vida lo dedicó a dar clases de su arte secretamente a alumnos muy escogidos. Vivió del arte de la caligrafía y la traducción.
Yara no se dedicó, como lo hicieron otros maestros posteriores, a crear escuela y propagar sus conocimientos, pero dejo hasta nuestros días las katas de Bo y Sai denominadas: Chatan-Yara no bo y la Chatan-Yara no sai.
Este Gran Maestro quedó en las arenas del olvido; de él no se sabe apenas nada, ni dónde está su tumba, pero su grandeza y su humildad llegaron hasta nuestros días por el suceso de dos acontecimientos que en aquellos tiempos eran muy comunes: Un reto a muerte contra un peligroso ronin vagabundo y delincuente; y un reto contra un joven equivocado por la mala instrucción recibida de un maestro bebedor. Pudo alcanzar la gloria en vida, pero prefirió el silencio. Así, podemos ver cómo a veces la sencillez y la humildad pueden vencer el ruido del tiempo.
Nunca sabremos si una frase o una acción realizada en un determinado momento han tenido eco o caerá en el olvido, lo importante es hacerla sin pensar en la posible repercusión futura. El arte del To De, si es aprendido por medio de la ética, siempre producirá acciones justas en equilibrio con la situación que este sucediendo en cada “aquí y ahora”. Así se deben enseñar y practicar: por eso se debe entrenar con el espíritu abierto y el corazón entregado.
“Si quieres estar en armonía con tu amor o con tu combate, aprende a reaccionar rápido. A través de una metódica observación, no dejes que tu supuesta experiencia vital te transforme en una máquina: usa esta experiencia para escuchar siempre “la voz del corazón”. Aunque no estés de acuerdo con los que esta voz está diciendo, respétala y sigue sus consejos: ella sabe cuál es el mejor momento para actuar y el mejor para evitar la acción incorrecta.”

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